miércoles, 27 de agosto de 2014

Vacaciones en Valdivielso


El Valle de Valdivielso no deja de sorprenderme. Es única esa enorme concavidad que se extiende y divisa desde el Alto de la Mazorra hasta los "cuchillos" de Panizares, cual castillo de rocas puntiagudas que esconden los tejos milenarios. Óscar, un solitario caminante con aire de deportista, no fue capaz de encontrar los famosos árboles la otra tarde. Isidoro, paisano del último pueblo, se afanaba en explicarle la ruta para otro día. Entablamos una pequeña conversación a pesar del cansancio, si bien yo solo había caminado un rato desde Hoz, cuya senda se inicia con una prolongada subida para casi llanear por un frondoso bosque de robles y pinos. Luego sales a las anchas pistas de la concentración parcelaria, que parecen conducirte al imaginario foso de la fortaleza. Al alzar la mirada sufren las cervicales, pero hundes los ojos en el cielo de las cumbres picudas, que huyen hacia Dios como las agujas de las torres de la catedral burgalesa.

Al caer la luz, escucho las notas roncas de un instrumento de viento, que al acercarme se convierten en escalas hacia el agudo. Adivino que es un saxo, un saxo tenor afinado en si bemol, según me advierte César, que con afán ensaya figuras de jazz en el pórtico de la iglesia. La alfombra de las montañas de enfrente se oscurece sobre el Ebro, que baja alto hacia la presa de la vecina Cereceda. El aire cambia y me refresca la cara. El paisaje se vuelve inédito, como si se borrase de la faz cada anochecer, para volver a nacer con el alba.

Otro día descubrí los montes que escapan a Tartalés de Cilla. Aquella mañana, guiado por mi amigo Gelito, subimos a Puerta, un extraordinario cambio de rasante de la sierra de La Tesla. Llegando a las alturas advertimos que se habían  desprendido unos peñascos por la ladera, pero al girarnos lo que observamos fue una espectacular panorámica. Unos pasos más arriba vimos una colonia de buitres, cuyos ejemplares planeadores jamás había sentido tan cerca, tanto que me sobrecogí no sé si de temor o emoción.

En agosto ciruelas y pavías saben a miel o se caen de maduras de los frutales. Este julio también hubo abundancia de cerezas y con septiembre llegarán las manzanas. Cereales y hortalizas se siembran y cosechan por las fincas a uno y otro lado del río. Hombres y mujeres, muchos ya añosos, se afanan a la esclava tarea. Niños y mozos alborotan por los pueblos, muchos con bici y todos con twitter y whatsapp. Menos mal que nos queda "Échale cuento", ese programa de actividades tradicionales que organiza cada verano Radio Valdivielso. Mientras Jokin Garmilla corre con la grabadora para recoger el bullicio, las canciones y el aliento, su voz se propaga por los árboles del valle y entra en casas, coches y chiringuitos. Todo es un soplo de vida.

viernes, 17 de agosto de 2012

La romería de la Virgen de Pilas, devocion y paisaje

El cielo amenazaba lluvia. Un cincuenta por ciento hasta las doce, según la web de Maldonado, dijo Amaya. Y sobre las once llegó al cien en forma de media docena de goterones que, sin embargo, obligaron a usar capuchas y paraguas. El nublao, palabra que aprendí de Paulino, apenas descargó sobre la falda del monte de Quecedo, y tampoco impidió descubrir a los caminantes unas espléndidas panorámicas del Valle de Valdivielso y los pronunciados escarpados y telones forestales al frente. Los oscuros verdes de los altos se suavizan al principio de la falda, se vuelven amarillos por las fincas de cereales a ambas márgenes del Ebro bebé y los pueblos emergen a los ojos entre disimulados y recortados. El castillo de Toba delante, la torre de Quintana bajo La Mazorra a la derecha y, a los pies, la adorable ermita de San Pedro de Tejada, preñada de historia, sencilla y majestuosa, tan bonita y tan románica... El sol poniente del verano la atraviesa hasta el ábside con sus múltiples haces de luz trabando el tiempo y el espacio.

La senda es empinada, pedregosa y estrecha, siempre con una encina a tu lado, aunque a veces se abre una pista de tierra ancha, al tiempo que aparecen atajos y caminos alternativos. Hoy, quince de agosto de 2012, se celebra la romería de Nuestra Señora de Pilas, a cuya ermita en la vaguada de la sierra de La Tesla acuden decenas de devotos, excursionistas y curiosos, unos a pie y otros en coche. Vicentín, el de Hoz, subió en familia, a sus 77 años, solo ayudado de su cachava. Al inicio de la ruta, el indicador marca 2,8 km hasta la Virgen, y por ella topamos con varios grupos familiares y de amigos gozando del monte en un claro ambiente festivo. La ausencia de sol y calor convertían la mañana en ideal para andar. Hora y media a ritmo moderado hasta el destino.

La pequeña iglesia, de una sola nave, precisa restauración por dentro y fuera; algo en lo que se afanan los vecinos de Quecedo y Puentearenas, ambos pueblos al cargo de la ermita y de mantener esta tradicional Asunción. Así me lo cuentan con entusiasmo Carmina, Juan y María Jesús, a los que no les gusta que un grupito se haya puesto a comer el bocata en su interior, cómodamente sentados en los bancos delanteros de la izquierda. Entre tanto, continúan los preparativos para la procesión y eucaristía progamadas para la una de la tarde. El bullicio se extiende a la sacristía, detrás del altar, y a la entrada, donde venden estampitas y llaveros con la imagen de la advocación anfitriona. Cada vez llega más gente que entra y sale, hace fotos y rodea el templo, cuya traza se dispone en el cristiano sentido Este-Oeste. El muro norte posee contrafuertes y lo cierto es que, más allá de consideraciones constructivas, buena falta le hará porque el viento tira con fuerza de abajo arriba.



Antes de subir unos cuantos metros más hasta el alto, vecinos de Valhermosa comentaban que en otro tiempo venían con yeguas y nieve. Alfombras de brezo, rico alimento de las abejas, se muestran sobre la suave ladera que nos lleva a la cumbre. El premio es contemplar Villacaryo y Medina en un mapa inabarcable, donde Gelito señala un par de fincas en el pueblo de su madre, Barruelo. A estas alturas Eolo es el protagonista invisible y el comentario entre los adultos, la ausencia de molinillos. De vuelta a la ermita, coincidimos con la procesión, que encabeza la pequeña talla de la Virgen, seguida por el párroco de la Merindad, Julián, y el pueblo. Y tras el rodeo a la capilla, la misa. De tanto mirar tierra y cielo perdimos las referencias de la senda que, aunque bien señalizada, no vendría mal que aquí en el altollano hubiese más y con estacas más elevadas. Hacia levante vemos la media luna, que así bautizaron los lugareños, incrustada en la cresta de las montañas. El paisaje te envuelve en 360 grados.

sábado, 15 de octubre de 2011

Por la torca y desfiladero de Arroyo

Este verano me quedó pendiente al menos un artículo en este pobre blog. Pero como el auténtico agosto ha llegado en octubre me pongo a la faena sobre mis notas amarillas. La mañana de aquel día 12 era soleada como la de hoy en Santiago y en el Valle. Allá fuimos Paulino y Mariví, la Vita y el menda. Salimos Valhermosa arriba por el nuevo camino de la concentración parcelaria, con idea de dar un paseo mañanero, que acabó convirtiéndose en una caminata con obstáculos. Al rato cogimos el camino viejo de Arroyo, mucho más sabroso, angosto y asombrado. Las moscas están insoportables. El terreno se complica al bordear la peña de Arroyo, por el camino de Picote, dice Paulino, el vecino que más sabe de estos lares. Se complica hasta el punto de que, entre las quejas lastimeras de la Vita, tenemos que ayudarnos unos a otros. Pareciera que no vamos a poder continuar, pero yo tiro y tiro hacia la torca, donde al fin topamos unas piedras por donde vadear el arroyo; aunque justo al cruzarlo nos vemos obligados a separar una alambrada que cierra la finca de San Román, que hoy tiene cerezos, manzanos y perales. Al bajar al pueblo nos encontraríamos a su dueño, Jesús, arreglando un tractor magnífico que había comprado de segunda mano. Cuando le contamos la peripecia nos contó que hace años había sembrado allí un huerto muy goloso para cierto vecino amigo de lo ajeno. Jesús es un hombre grande, afable y al que le arregló la casa Manolo, el gallego, como a muchos vecinos viejos y nuevos del pueblo.


Tras descansar un ratín empezamos a subir y subir. Un rapaz no quiere lavarse en la acequia, pero su abuela lo convence, y claro, ahora le gusta y quiere meter la cabeza una y otra vez. Es verano, hace calor y la vida pasa como el agua fresca que baja de la Tesla. Las mujeres se quedan atrás y Paulino, que es un caballero, las espera. Necesito subir y subir, fatigarme y sentir que tengo piernas y corazón. Me espera el desfiladero, la piedra me empareda, el cielo se escapa y entonces descubro la torre isósceles, tan empinada que al mirarla me voy hacia atrás... El agua suena por todas partes, las capas rocosas parecen proteger al caminante inquieto, quien cruza el desfiladero tal cual entrase Alí Babá en su cueva. Respira profundamente y se descalza para refrescar los pies, con sus uñas negras tras haber hecho el Camino de Santiago a Fisterra en primavera. Pero hoy está en su castillo de verano, solo, feliz, y respirando este aire castellano que tanto le gusta. Sentado y descansado mira al cielo y otea una colonia de buitres. Ahora se siente acompañado. 

viernes, 20 de agosto de 2010

Voces de Valdivielso

El Valle de Valdivielso es verde. Verde intenso el de los ciruelos y cerezos. Verde oscuro el de los robles y encinas. Verdes salpicados por los suaves dorados de los cereales, y contrastados por las marrones tierras de la siembra.
Al cruzar el Ebro por Puentearenas, los chopos te reciben con una fragancia que te ensancha los pulmones y te orea la cabeza. Erguida y sobresaliente dice hola la ermita románica de Tejada. 
Las voces de los hombres anuncian que el chiringuito de Arroyo está abierto. Por encima de todos alguien dice no empecemos a “amochar", que significa ir a por el contrario. Las paredes están decoradas con óleos de los pueblos pintados por Milita. Es un bar donde los agricultores muestran sus piezas de exposición: tomates, calabacines, cebollas, patatas... Orgullo de labrar y regar la tierra.
Es un año de cosecha tardía. Los árboles están preñados de fruta. En Valhermosa las ciruelas vencieron una rama sobre la calle que sube a la ermita de Santa Bárbara. Los nubarrones, sin embargo, no vierten.
Al atardecer se escuchan las voces de las mujeres por los caminos; la gran mayoría pasean, otras aprietan la zancada. En el sur del Cercao un bebé de tres años conserva magníficos racimos de cerezas negras, y dulces como una mamá. 
Ruta el viento de la sierra de la Tesla. Es otra voz que acompaña al caminante, como la voz radiofónica de Jokin, que desde Quintana, en valle arriba, ondea hasta Panizares, en valle abajo. 
Las voces de los niños, gritonas y con acentos distintos en agosto, auguran el futuro de Valdivielso. 

miércoles, 19 de agosto de 2009

Un paseo con el corazón: de Valhermosa a Tartalés de los Montes

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El sol está alto, son las once y los caminantes, tres. Se echan a andar por el pontón reconstruido en estos años, aunque medio invadido de zarzas. Abajo, junto al nogal que plantaron en agosto pasado las mujeres del valle, se ve el nuevo parque infantil que han hecho este año. Los nichos del camposanto miran al sol y a la pared de la espadaña de la iglesia de Valhermosa. Quién sabe si algún día no se caerá sobre Heraclio Palencia, Paulino Bueno y demás vecinos, en cuyas lápidas se puede leer la historia de este pueblo. Hace tiempo que no coinciden los tres andarines, así que la mañana promete. Van por el camino primitivo a Hoz, que más pronto que tarde sale a la carretera. Las tierras de valle abajo se acuestan, extendidas, sobre el río Ebro, todavía bebé. Este año se ven campos enormes de girasoles, como por las zonas vecinas: La Bureba, La Mazorra, Villarcayo. Antes de subir saludan a Damián, que se afana en regar su huerto. Las peñas verticales ciñen el desfiladero de película. Chema, que se ha dejado barba y esconde la mirada tras unas gafas negras, recuerda en voz alta que hace treinta y nueve años que viene a Valdivielso. De aquí era Encarni, la madre de sus hijos. Ella también sube en el corazón de los tres amigos. Una de las hoces próximas al túnel tiene el murete exterior derruido desde hace años. También la calzada, cuanto más subes, más baches; igual que la carretera que entra en El Almiñé, valle arriba. Ya bajo el paso subterráneo, de escasos veinte metros, el firme se borra. Pero Manuel sube feliz, por la compañía, por lo que ve en todas direcciones y por lo que mete en su cámara compacta. Paulino señala que esta carretera tendrá cincuenta y cinco años. Tartalés es hoy un pueblo feo. Sin embargo, en el pasado tuvo que ser bonito y equilibrado como los hermanos que beben en el Ebro. Ese pasado no tan lejano en que no había platos soperos y rastrillos en cornisas y tejados, ni tampoco somieres atrancando las calles, aunque al parecer es para evitar que las vacas pasen. Vacas y ovejas son la ganadería que pervive en el valle, pero solo en Tartalés y Quintana. En lo más alto del pueblo está la belleza, su iglesia románica, que bajo su espadaña luce una ventana con arcos arabescos, quizá huellas mozárabes. De los tres, Paulino, que es el único nacido en el valle, cuenta dos episodios a ambos lados del túnel. En cierta ocasión un nublao tiró el muro de contención del arroyo encauzado, con lo que los vecinos pidieron ayuda a los otros pueblos; y él, por indicación de su padre, formó parte de la cuadrilla que puso las piedras en su sitio. Y en otro tiempo, un burro se despeñó desde el camino viejo a su paso por la cascada y la roca horadada, que al parecer no murió. Los recuerdos vividos, oídos y sentidos refrescan el alma de los andariegos. Manuel también se refresca los pies en el lavadero que hay al pie de la subida, ya de bajada. ¡Pies: ¿para qué os quiero?! Para caminar siempre juntos.

domingo, 9 de agosto de 2009

A los tejos de Panizares por la Peñaescalera


Created with Admarket's flickrSLiDR. (08.08.09) El día no acompañó, pero se aprovechó. Niños, papás y abuelos nutrían una cuarentena de senderistas. Para muchos era la primera vez que subían a ver los tejos que dicen de Panizares, aunque del pueblo bien lejos están. Patricio, que se atribuyó noventa veces, no sé si bien contadas, guió la excitante excursión. Tras cruzar el pueblo, que esconde placas de hormigón a la vista, así como algún coche, electrodoméstico y maquinaria oxidada en estado de abandono, iniciamos la senda que nos llevaría a la Peñaescalera, donde posamos para unas fotos de teleobjetivo. Qué vistas magníficas del río, la presa y Cereceda, que ya no pertenece a las Merindades. Estábamos subiendo por la cara sur de los montes de Tartalés, según dijo una voz del grupo que marchaba en fila desde las ocho y veinte de la mañana. Un niño resbala y su padre le recrimina: -Van a pensar que no eres de pueblo. -¡Pues las de pueblo nos llevamos unas hostias...! -arguye desde atrás una muchacha de pelo rojo natural y esbelta como un chopo que se llama María. Árboles y arbustos hay para cien lecciones. Y diría que pinos, para dar y tomar, porque el itinerario está lleno de piñas, algunas sabrosamente roídas y comidas por las ardillas. Las nubes y la niebla apenas mudaron mientras crecía la mañana. En algún tramo chispeó y hasta el frío se hizo notar. Alguien comentó que la tierra que pisábamos debía ser muy buena para las camelias por su acidez. A casa nos trajimos un par de muestras de carbón vegetal. Aún no serían las once cuando salimos al llano, cubierto por mantos de grandes helechos a ambos lados del camino ancho. Los perros, Ros y Luna, circulan sin descanso p'alante y p'atrás. Llegamos al pilón vallado, pero franqueable, al tiempo que Alicia exclama a ver quién es el guapo que se baña en pelotas. El guiador solo nos deja comer una fruta, porque queda el último tramo con una subida de taquicardia. El monte se empina y el suelo, de tierra y piedras, se hace muy resbaladizo. Lo cojonudo, si se me permite el calificativo, es que después de subir bastante hay que descender hasta llegar a los bimilenarios, dicen, tejos. Y claro, bajar resulta peor que subir, sobre todo si no tienes botas o zapatos apropiados. Y vaya troncos: el número 2 tiene 117 cm de diámetro, según reza su plaquita metálica con que los han numerado recientemente. Extienden sus raíces, en superficie, cuales pulpos gigantes. Es una zona umbría donde los tejos se arriman a tilos e incluso hayas. Entre tanto y entre fotos sin flash, Patricio se afana en buscar la cola de la novia, bautizada así por él y otros por la semejanza de sus raíces con la susodicha. Ahora Javi, que parece actuar como su segundo, saca del bolsillo unas piedrinas de las que dice que son del Neolítico, al tiempo que nos muestra madroños y árboles de boj, y dice que un artesano de la vecina Bureba hace cucharas de esa madera. El asueto y el condumio siguieron al esfuerzo no pequeño de bajar a los tejos y volver a remontar. Fue en ese momento cuando Jokin llamó desde Radio Valdivielso para reportajear en directo las impresiones de algunos, entre ellos, Pilarín, que se arrancó con un canto popular para solaz de los oyentes, los de su lado y los hercianos. Siempre hay a tu lado alguien como ella que va más alla que tú. La buena señora de Arroyo, con más de setenta años encima, fue un ejemplo para grandes y pequeños. Tras decidir con buen criterio que no subiríamos a la coronilla, desde donde se divisan los montes de La Rioja en días claros, iniciamos el regreso. Las pantorrillas y las uñas del dedo gordo tiran de lo lindo durante la bajada, ahora por la pista forestal. Pasadas las dos de la tarde llegamos cansados, sudados y contentos. En el cielo, tres buitres nos reciben. P.D. En 10 días subiré las fotos

Subida a La Hoz por la calzada romana desde El Almiñé


Created with Admarket's flickrSLiDR. (06.08.08) Adelantamos la caminata porque la tarde amenazaba tormenta. Frío sí que hacía aunque finalmente no descargó. Arriba, en el páramo, las nubes se tocan con la mano. Me sorprendió el volumen de la ermita, aumentado más aún por los edificios adyacentes, sobre todo para guardar ganado. Piedras grandes de sal hay esparcidas por las inmediaciones, por lo visto para que las ovejas las chupen, necesidad que tienen, según explica Paulino. Nosotros sí que nos chupamos los dedos con las torrijas de Mariví. Los bocadillos nos los trajo Vita, que subió con el coche a buscarnos. Sus rodillas ya no estás para estos trotes. Desde el final de El Almiñé nos echamos al monte por la calzada romana. Bien conservada está y ancha es, con su mediana y sus cortes transversales para sacar el agua. Muy pino el remonte, donde abundan las encinas al principio. A mitad camino la montaña rocosa abre su barriga para enseñar un corral de piedra derruido. Más arriba, donde la vía se va haciendo murallón por la izquierda para salvar el pronunciado desnivel, nos sentamos un rato y bebemos agua, cuando baja un grupito de caminantes. Las cagarrutas están por toda la ruta, llamada de la lana porque por aquí pasaban los arrieros de Castilla la Vieja camino del Cantábrico, que completamos en hora y cuarto. La niña es la primera en llegar. Y la mina de agua, un hallazgo. Una romería se celebra cada primer sábado de julio.