Los pies flotan por las verdes alfombras de la cumbre y,
así, elevados los caminantes, quedan a la altura de los ojos los montes Obarenes. El día es tan limpio que la panorámica de 360 grados se convierte en un
descanso visual y cervical. En el buzón del peñasco más alto, cual nido de
gorrión, no hay cartas, pero en la puertecita indica que estamos a 1.172 metros
de altitud. El viento alborota el pelo de Pilarín, aunque la autofoto a cuatro
no se resiente. Los dioses nos acompañan y nadie quiere abandonar el paraíso de
La Coronilla, desde donde se divisa hasta la blancura del Alto Campóo, en la
montaña palentina, donde el silencio se reencuentra con el hombre.
El aire de este primero de mayo hedonista, que no sindicalista,
refresca la piel de los senderistas. Con pan y vino se hace el camino, refrán
que practican los Pacos, sentados ahora hacia el páramo sur. El
peregrino compostelano también mira a los extendidos y tupidos mantos verdes,
escudriñando los caminos que desde el escondido Ebro serpean hasta el cordal. Al otro lado está el otro valle, el de Caderechas, donde mucho presumen de cerezas
y manzanas, como si no las hubiese en Valdivielso.
Nadie quiere bajar, pero el tiempo y la felicidad no se
pueden retener, ¿o sí? El boj y las encinas ciñen nuestro descenso hasta los
pinos resineros, la fuente labrada y el cruce de los Tejos, los centenarios árboles cuya
visita queda para el verano. La senda de vuelta a Panizares es ancha y aparece socavada
por raíles hechos no por las máquinas del tren, pero que lo recuerdan como otro
medio de viaje soñador. Los cuchillos de Panizares abruman igual que el
castillo de la Bestia, cual roquedo de cuento, pero en realidad son tan
hermosos como Bella. Es la hora del vermú y la Fragua de Fran, que no la de
Vulcano, está abarrotada de acólitos.
En nuestras mochilas llevamos hoy con nosotros el recuerdo
de Sabina, tras abrazar a Torines en Valhermosa antes de iniciar esta jornada
extraordinaria de naturaleza y amistad. Es el bagaje que nos llevamos a casa.


