Era un tipo tan grande como bueno. Se quedó a las puertas
de los 83 años, una celebración de la que solía hacernos partícipes por
coincidir con nuestra estancia agosteña en Valhermosa de Valdivielso. El pequeño
Daniel alborotaba la casa, cuyo vestíbulo se quedaba escaso para tanta gente,
mientras comíamos patatillas y aceitunas. El abuelo Isaac Fernández, de
apellido castellano y nombre judío, sonreía a todos mientras la abuela nos
invitaba a repetir. Días de alegría, familia y amigos que él disfrutó viendo crecer
al nieto. A Isaac lo conocí hace veinte años y ahora lo recuerdo sentado en el
tractor, por las fincas, o en el banco bajo el nogal de su casa, paciente,
discreto, afable, sin levantar la voz. Pacita, enrabietada con el destino y con
el duelo en sus ojos, me habla de las últimas horas de su marido, de la
conciencia que tenía de estar iniciando el tránsito, de sus últimos besos y de
su última voluntad, que no fue otra que la de su modo de andar por la vida: sin
molestar.
Valdivielso, la tierra que mi padre no llegó a pisar, ya me
va dejando muescas dolorosas en la vara de caminar. Vicentín, el de Hoz, con el
que subí a la ermita de la Virgen de Pilas desde Quecedo; hoy lo hago con su
hijo Gelito y familia. La entrañable Cecilia, que tenía una “correa” envidiable
con la ayuda de su cachava, como aquella vez que fuimos un montón de vecinos a
Sedano. Los achuchones que me daba se los devuelvo ahora a su hija Trini.
Manolo, más conocido por “Bis”, que hoy está enterrado en su Galicia natal. La
buena de Encarni, con la que caminé unos pocos años, siempre acompañada de su marido,
Josema, impenitente senderista. Joaquín, hombre culto y singular, que escuchaba
la radio hasta la madrugada y la oíamos también en las casas colindantes. La
enérgica Gelita, a la que ya conocí combatiendo el bicho. En este tiempo tan largo como breve nos dejaron también Sabina, Mercedes, Rafael, Juan… y otras almas del valle.
¡Cuántas vidas y personas añoradas!
Al cruzar el Ebro por Puentearenas y divisar la iglesia
románica de Tejada el reloj se detiene, aunque los coches siguen circulando a
velocidades imprudentes. Los chopos y el olor fresco del río reconfortan y
abren la memoria de las ausencias. En ese preciso instante quisiera convertirme
en un roble del camino. O en los perfumados rosales que Isaac plantó hace años
frente a la puerta de casa.
