viernes, 26 de agosto de 2016

La bandera de Los Hocinos



Puente Arenas es un pueblo largo, proporcionado y pegado al Ebro, cuyas aguas anchean río arriba. Por la senda marcada hasta el puente nuevo, que ya tiene un montón de años, discurre un agradable paseo con sorpresas. Tras una suave pendiente se otea el desfiladero de Los Hocinos. El cauce es su calle natural desde donde se elevan los rocosos y verdes rascacielos, por cuyas cumbres planean los buitres. Un rectilíneo salto de agua cruza hasta la antigua cárcel donde encerraron y represaliaron a tantas personas del Valle de Valdivielso. Hoy se sigue investigando sobre su calvario y destino, siempre en la memoria de sus seres queridos.
Más adelante, al pie del río, se abre un remanso de paz con una extensa lámina de agua, sobre la que suspiran chopos tan altos como el telón pétreo que recoge este lugar con encanto. Al llegar a la carretera cruzamos a la margen derecha dispuestos a emprender la subida hasta la bandera. Serán unos dos o tres quilómetros por un camino bien señalizado, estimulante a medida que vas ganando altura, pero pedregoso hasta la mitad del itinerario previsto. Encinas, robles, bojes nos dan buena sombra a media mañana. También descubrimos madroños, tundras y jerbos. 
A pocos metros del objetivo nos sonríe la suerte al topar con Julio, que nos cuenta que ha sujetado la enseña con un mástil de seis metros reforzado con tres vientos. También nos informa de que cuando terminemos de subir hallaremos una bolsa blanca colgada de una rama, y un poco antes deberemos coger hacia la derecha, en vez de seguir las marcas del sendero. Mi compañero, Gelito, busca y rebusca entre los frondosos arbustos hasta que da con la roja y gualda al aire. Sobre nuestras cabezas circundan los gigantescos bichos que me afano en capturar con mi móvil. A nuestras espaldas queda el sur y a nuestras vistas, una panorámica abismal.

A la derecha, los pueblos de valle arriba; a la izquierda, las fincas y caminos a Manzanedo y Villarcayo. Hacia abajo, el vértigo. La brisa es suave y el sol no aprieta. La belleza del territorio siempre está ahí, pero los pueblos los hacemos las personas. Esa es nuestra patria.






domingo, 7 de agosto de 2016

El trío El Dorado triunfa en Valhermosa

El trío El Dorado, con Felipe de Población, exhibió su repertorio hispanoamericano tradicional en la plaza de Santa Bárbara de Valhermosa. El numeroso público del Valle ovacionó al grupo de guitarristas que agradó con sus canciones. 

lunes, 17 de noviembre de 2014

A Oña en romería

Los tres túneles, viniendo del valle de Valdivielso, anuncian la entrada en Oña. Es un pueblo incrustado en los montes que entrañan el desfiladero de Oca. Repostar en la gasolinera de la carretera es casi obligado en este cruce de caminos. Mañana fría de noviembre, aunque dicen que esto no es nada. Siempre regreso a esta villa desde que descubrí el gótico flamígero del claustro de San Salvador. Pero hoy mi extemporánea visita me regala un cenobio distinto. Ya la piedra del pórtico exterior me parece que está más apretada, como cerrando sus poros para protegerse. La feliz sorpresa fue toparme con una iglesia mucho más luminosa, gracias a los cien mil euros de la Fundación Endesa, y audioguías con ocho locuciones concisas en castellano, inglés y francés, idiomas que se ampliarán hacia el verano con euskera y alemán. Y por si fuese poco, un voluntario cultural, Antonio, ayuda al párroco, Cecilio, a que la abadía esté abierta al turismo de lunes a domingo. Se acabaron las restricciones. Son padre e hijo y la sonrisa franca y entusiasmo por el templo los une aún más. Vestido ya con la casulla y otras galas, Cecilio se dispone a cristianar a una niña justo enfrente de la recepción de visitantes, pero aun así tiene tiempo para hablar con orgullo del fabriquero emérito de la catedral de Burgos, Agustín Lázaro, como principal divulgador en su día del tesoro de Oña.

Me detengo a imaginar la música que sale por los 1.133 tubos del órgano, me siento en uno de los 84 sitiales de nogal a contemplar la bóveda octogonal, me acerco a los panteones real y condal mientras repaso la historia de doña Urraca, cruzo el arco de triunfo y rodeo el tabernáculo antes de dirigirme a la sala capitular, cuyos restos románicos hablan de los orígenes de la fábrica, y por fin, el éxtasis del patio con una soberbia panda norte, prodigio del arte funerario.

Al salir del monumento ya pienso en volver, cuando los onienses se vistan de medievo para representar su famoso Cronicón y redimir las glorias y raíces castellanoviejas. Días después releo en mi Compostela natal la cantiga que le dedicó Alfonso X el Sabio, que narra en gallego –lengua poética de aquel tiempo–, cuando el rey fue a Oña “en romería” tras escuchar un milagro de la advocación local de Santa María. Solo falta el sonido del laúd.


  

miércoles, 27 de agosto de 2014

Vacaciones en Valdivielso


El Valle de Valdivielso no deja de sorprenderme. Es única esa enorme concavidad que se extiende y divisa desde el Alto de la Mazorra hasta los "cuchillos" de Panizares, cual castillo de rocas puntiagudas que esconden los tejos milenarios. Óscar, un solitario caminante con aire de deportista, no fue capaz de encontrar los famosos árboles la otra tarde. Isidoro, paisano del último pueblo, se afanaba en explicarle la ruta para otro día. Entablamos una pequeña conversación a pesar del cansancio, si bien yo solo había caminado un rato desde Hoz, cuya senda se inicia con una prolongada subida para casi llanear por un frondoso bosque de robles y pinos. Luego sales a las anchas pistas de la concentración parcelaria, que parecen conducirte al imaginario foso de la fortaleza. Al alzar la mirada sufren las cervicales, pero hundes los ojos en el cielo de las cumbres picudas, que huyen hacia Dios como las agujas de las torres de la catedral burgalesa.

Al caer la luz, escucho las notas roncas de un instrumento de viento, que al acercarme se convierten en escalas hacia el agudo. Adivino que es un saxo, un saxo tenor afinado en si bemol, según me advierte César, que con afán ensaya figuras de jazz en el pórtico de la iglesia. La alfombra de las montañas de enfrente se oscurece sobre el Ebro, que baja alto hacia la presa de la vecina Cereceda. El aire cambia y me refresca la cara. El paisaje se vuelve inédito, como si se borrase de la faz cada anochecer, para volver a nacer con el alba.

Otro día descubrí los montes que escapan a Tartalés de Cilla. Aquella mañana, guiado por mi amigo Gelito, subimos a Puerta, un extraordinario cambio de rasante de la sierra de La Tesla. Llegando a las alturas advertimos que se habían  desprendido unos peñascos por la ladera, pero al girarnos lo que observamos fue una espectacular panorámica. Unos pasos más arriba vimos una colonia de buitres, cuyos ejemplares planeadores jamás había sentido tan cerca, tanto que me sobrecogí no sé si de temor o emoción.

En agosto ciruelas y pavías saben a miel o se caen de maduras de los frutales. Este julio también hubo abundancia de cerezas y con septiembre llegarán las manzanas. Cereales y hortalizas se siembran y cosechan por las fincas a uno y otro lado del río. Hombres y mujeres, muchos ya añosos, se afanan a la esclava tarea. Niños y mozos alborotan por los pueblos, muchos con bici y todos con twitter y whatsapp. Menos mal que nos queda "Échale cuento", ese programa de actividades tradicionales que organiza cada verano Radio Valdivielso. Mientras Jokin Garmilla corre con la grabadora para recoger el bullicio, las canciones y el aliento, su voz se propaga por los árboles del valle y entra en casas, coches y chiringuitos. Todo es un soplo de vida.

viernes, 17 de agosto de 2012

La romería de la Virgen de Pilas, devocion y paisaje

El cielo amenazaba lluvia. Un cincuenta por ciento hasta las doce, según la web de Maldonado, dijo Amaya. Y sobre las once llegó al cien en forma de media docena de goterones que, sin embargo, obligaron a usar capuchas y paraguas. El nublao, palabra que aprendí de Paulino, apenas descargó sobre la falda del monte de Quecedo, y tampoco impidió descubrir a los caminantes unas espléndidas panorámicas del Valle de Valdivielso y los pronunciados escarpados y telones forestales al frente. Los oscuros verdes de los altos se suavizan al principio de la falda, se vuelven amarillos por las fincas de cereales a ambas márgenes del Ebro bebé y los pueblos emergen a los ojos entre disimulados y recortados. El castillo de Toba delante, la torre de Quintana bajo La Mazorra a la derecha y, a los pies, la adorable ermita de San Pedro de Tejada, preñada de historia, sencilla y majestuosa, tan bonita y tan románica... El sol poniente del verano la atraviesa hasta el ábside con sus múltiples haces de luz trabando el tiempo y el espacio.

La senda es empinada, pedregosa y estrecha, siempre con una encina a tu lado, aunque a veces se abre una pista de tierra ancha, al tiempo que aparecen atajos y caminos alternativos. Hoy, quince de agosto de 2012, se celebra la romería de Nuestra Señora de Pilas, a cuya ermita en la vaguada de la sierra de La Tesla acuden decenas de devotos, excursionistas y curiosos, unos a pie y otros en coche. Vicentín, el de Hoz, subió en familia, a sus 77 años, solo ayudado de su cachava. Al inicio de la ruta, el indicador marca 2,8 km hasta la Virgen, y por ella topamos con varios grupos familiares y de amigos gozando del monte en un claro ambiente festivo. La ausencia de sol y calor convertían la mañana en ideal para andar. Hora y media a ritmo moderado hasta el destino.

La pequeña iglesia, de una sola nave, precisa restauración por dentro y fuera; algo en lo que se afanan los vecinos de Quecedo y Puentearenas, ambos pueblos al cargo de la ermita y de mantener esta tradicional Asunción. Así me lo cuentan con entusiasmo Carmina, Juan y María Jesús, a los que no les gusta que un grupito se haya puesto a comer el bocata en su interior, cómodamente sentados en los bancos delanteros de la izquierda. Entre tanto, continúan los preparativos para la procesión y eucaristía progamadas para la una de la tarde. El bullicio se extiende a la sacristía, detrás del altar, y a la entrada, donde venden estampitas y llaveros con la imagen de la advocación anfitriona. Cada vez llega más gente que entra y sale, hace fotos y rodea el templo, cuya traza se dispone en el cristiano sentido Este-Oeste. El muro norte posee contrafuertes y lo cierto es que, más allá de consideraciones constructivas, buena falta le hará porque el viento tira con fuerza de abajo arriba.



Antes de subir unos cuantos metros más hasta el alto, vecinos de Valhermosa comentaban que en otro tiempo venían con yeguas y nieve. Alfombras de brezo, rico alimento de las abejas, se muestran sobre la suave ladera que nos lleva a la cumbre. El premio es contemplar Villacaryo y Medina en un mapa inabarcable, donde Gelito señala un par de fincas en el pueblo de su madre, Barruelo. A estas alturas Eolo es el protagonista invisible y el comentario entre los adultos, la ausencia de molinillos. De vuelta a la ermita, coincidimos con la procesión, que encabeza la pequeña talla de la Virgen, seguida por el párroco de la Merindad, Julián, y el pueblo. Y tras el rodeo a la capilla, la misa. De tanto mirar tierra y cielo perdimos las referencias de la senda que, aunque bien señalizada, no vendría mal que aquí en el altollano hubiese más y con estacas más elevadas. Hacia levante vemos la media luna, que así bautizaron los lugareños, incrustada en la cresta de las montañas. El paisaje te envuelve en 360 grados.

sábado, 15 de octubre de 2011

Por la torca y desfiladero de Arroyo

Este verano me quedó pendiente al menos un artículo en este pobre blog. Pero como el auténtico agosto ha llegado en octubre me pongo a la faena sobre mis notas amarillas. La mañana de aquel día 12 era soleada como la de hoy en Santiago y en el Valle. Allá fuimos Paulino y Mariví, la Vita y el menda. Salimos Valhermosa arriba por el nuevo camino de la concentración parcelaria, con idea de dar un paseo mañanero, que acabó convirtiéndose en una caminata con obstáculos. Al rato cogimos el camino viejo de Arroyo, mucho más sabroso, angosto y asombrado. Las moscas están insoportables. El terreno se complica al bordear la peña de Arroyo, por el camino de Picote, dice Paulino, el vecino que más sabe de estos lares. Se complica hasta el punto de que, entre las quejas lastimeras de la Vita, tenemos que ayudarnos unos a otros. Pareciera que no vamos a poder continuar, pero yo tiro y tiro hacia la torca, donde al fin topamos unas piedras por donde vadear el arroyo; aunque justo al cruzarlo nos vemos obligados a separar una alambrada que cierra la finca de San Román, que hoy tiene cerezos, manzanos y perales. Al bajar al pueblo nos encontraríamos a su dueño, Jesús, arreglando un tractor magnífico que había comprado de segunda mano. Cuando le contamos la peripecia nos contó que hace años había sembrado allí un huerto muy goloso para cierto vecino amigo de lo ajeno. Jesús es un hombre grande, afable y al que le arregló la casa Manolo, el gallego, como a muchos vecinos viejos y nuevos del pueblo.


Tras descansar un ratín empezamos a subir y subir. Un rapaz no quiere lavarse en la acequia, pero su abuela lo convence, y claro, ahora le gusta y quiere meter la cabeza una y otra vez. Es verano, hace calor y la vida pasa como el agua fresca que baja de la Tesla. Las mujeres se quedan atrás y Paulino, que es un caballero, las espera. Necesito subir y subir, fatigarme y sentir que tengo piernas y corazón. Me espera el desfiladero, la piedra me empareda, el cielo se escapa y entonces descubro la torre isósceles, tan empinada que al mirarla me voy hacia atrás... El agua suena por todas partes, las capas rocosas parecen proteger al caminante inquieto, quien cruza el desfiladero tal cual entrase Alí Babá en su cueva. Respira profundamente y se descalza para refrescar los pies, con sus uñas negras tras haber hecho el Camino de Santiago a Fisterra en primavera. Pero hoy está en su castillo de verano, solo, feliz, y respirando este aire castellano que tanto le gusta. Sentado y descansado mira al cielo y otea una colonia de buitres. Ahora se siente acompañado. 

viernes, 20 de agosto de 2010

Voces de Valdivielso

El Valle de Valdivielso es verde. Verde intenso el de los ciruelos y cerezos. Verde oscuro el de los robles y encinas. Verdes salpicados por los suaves dorados de los cereales, y contrastados por las marrones tierras de la siembra.
Al cruzar el Ebro por Puentearenas, los chopos te reciben con una fragancia que te ensancha los pulmones y te orea la cabeza. Erguida y sobresaliente dice hola la ermita románica de Tejada. 
Las voces de los hombres anuncian que el chiringuito de Arroyo está abierto. Por encima de todos alguien dice no empecemos a “amochar", que significa ir a por el contrario. Las paredes están decoradas con óleos de los pueblos pintados por Milita. Es un bar donde los agricultores muestran sus piezas de exposición: tomates, calabacines, cebollas, patatas... Orgullo de labrar y regar la tierra.
Es un año de cosecha tardía. Los árboles están preñados de fruta. En Valhermosa las ciruelas vencieron una rama sobre la calle que sube a la ermita de Santa Bárbara. Los nubarrones, sin embargo, no vierten.
Al atardecer se escuchan las voces de las mujeres por los caminos; la gran mayoría pasean, otras aprietan la zancada. En el sur del Cercao un bebé de tres años conserva magníficos racimos de cerezas negras, y dulces como una mamá. 
Ruta el viento de la sierra de la Tesla. Es otra voz que acompaña al caminante, como la voz radiofónica de Jokin, que desde Quintana, en valle arriba, ondea hasta Panizares, en valle abajo. 
Las voces de los niños, gritonas y con acentos distintos en agosto, auguran el futuro de Valdivielso.