domingo, 20 de abril de 2025

Viacrucis de Viernes Santo en Valhermosa


El joven padre Mario, natural de Angola, celebró el Viacrucis en Valhermosa con un puñado de vecinos el día de Viernes Santo. Como en la ermita de Santa Bárbara hacía mucho frío, los fieles se reunieron en la propia calle aprovechando que no llovía. Crescen y Merche acompañaron con sus cantos las 14 estaciones.

viernes, 28 de marzo de 2025

Carlos Mena, el dragón mágico de Valhermosa

Fue oficial de Registros, pero la música era su pasión. Adoraba las canciones de raíz. Diría que sus favoritas eran las castellanas y americanas. Un bendito día apareció por la ermita de Valhermosa, en cuyo banco yo rasgueaba mi española de seis cuerdas. ¡Qué pena no haberte conocido antes, querido Carlos! El y Hsiaoyou se habían establecido en el pueblo y me abrieron su casa de par en par: Un hogar lleno de discos y libros, incluyendo un piano de pared y una buena colección de guitarras. Pasamos juntos calurosas tardes de verano que, tras la cena, podían prolongarse hasta la medianoche. Me descubría rarezas de folk inglés mientras tocábamos piezas más asequibles. La canción del dragón mágico que vivía junto al mar, el clásico del trío americano Peter, Paul and Mary, era nuestro santo y seña. Con Puff, el mitológico animal, abríamos y cerrábamos nuestros recitales domésticos.

Antes de la pandemia tuve el honor de acompañarlo en el escenario de la Taberna de Cata, que está en Condado, el pueblo de enfrente. Carlos Mena defendió La portera de mi casa en una noche que resultó ser heroica por muchos motivos. Es una canción popular del satírico elepé que Carlos grabó en 1971 con Jaime y Carolo Ramiro. Se hacían llamar Ramsés, Isaías y Pantaleón, un grupo tan efímero como mítico. Y así lo recordaba Jokin Garmilla en la radio del Valle, compartiendo con los oyentes un pedacito sonoro de aquella noche. Ante un público familiar y expectante, el artista se acomodó en medio del equipo de sonido, que había prestado Los Pocos, hasta el punto de no querer bajarse de unas tablas cómplices. Acabaría siendo su último concierto, algo que él ya podía sospechar. Ahora sospecho yo que, en esa velada al aire libre, su mente lo transportó a sus actuaciones juveniles en colegios universitarios y espacios alternativos.

El pasado verano todavía cogió la guitarra delante de mí. Siempre quería dibujar trinos y susurros de cualquier melodía. Conocía canciones de Galicia, país que también estaba en su ADN; lo acredita su segundo apellido: Regueira. Hablaba en voz baja, recitaba las letras y, si tenía un buen día, entonaba algún estribillo; pero jamás lo abandonaron la ironía y el sarcasmo.  Era un tipo de gran altura intelectual, como su estatura, por mucho que lo doblase la cruel enfermedad. Pero también fue un romántico enamorado, según me confesó su mujer. Para conquistarla, él cruzaba en su coche de Bilbao a Salamanca cada fin de semana. ¡Pura poesía amorosa!

Los muertos son huéspedes de los vivos, escribió Luis García Montero. Es el consuelo que nos queda por el “pasamento” de Carlos, un burgalés que aprovechó su jubilación para andar por los campos de Castilla, una tierra de caminos que inspiró al poeta Machado y al narrador Delibes. Mis estancias en Valhermosa ya no serán las mismas. Hoy lloro con lágrimas secas, las que se quedan dentro, por el dragón mágico que vivía rodeado de cerezos. ¡Hoy lloro por mi compañero Carlos!

lunes, 23 de septiembre de 2024

La fiesta del pueblo

Desde primera hora se afanan las cuadrillas. Hay que disponer las mesas con los cubiertos para la comida de hermandad: preparar cazuelas y parrillas para los arroces y los asados, traer las cervezas y los refrescos, sin olvidar las cafeteras… La mañana debuta fresca y luminosa al pie de la sierra de la Tesla. Las guirnaldas adornan la plaza de Santa Bárbara, donde ya se instala el mercadillo local. La agitación aumenta al compás de los pasacalles a cargo del trío La Horadada de Trespaderne. Huele a Merindad de Valdivielso, catorce pueblos que miran al Ebro desde ambos márgenes del río, bajo la protección del castillo de Toba.

La diana recorre las tres calles y en cada casa habitada sacan pinchos y bebidas a los vecinos. La dulzaina de Sergio flota, estridente, por encima del griterío con la ayuda de la caja de Eduardo y el bombo de Fran. El rojo pendón se recuesta sobre la ermita con el nombre del pueblo, que fue bordado por las monjas de Castil de Lences hace veinte años. Crecen la algarabía y los besos, es un encuentro de afectos estimulados por el ambiente. Vienen de otros pueblos, incluso de Uruguay –como Susana y Guzmán–, y hay personas que hace tiempo que no se ven. La convivencia no deja a nadie atrás.

Acaba de llegar Antonio Kim, un joven sacerdote coreano que ya misó aquí otras veces. Las vocaciones religiosas ahora nacen fueran de España. Durante la homilía habla de que todos tenemos preocupaciones, pero su mensaje principal es que debemos aceptarnos los unos a los otros. Kim no se anda por las ramas ni larga una prédica insoportable al uso. Crescen y Charo hacen las lecturas con melodía vasca y castellana. Y cuando llega la consagración suena desnuda y medieval la dulzaina con aire militar. El momento de la paz devuelve las sonrisas a los fieles. El coro de Valdivielso, con pañuelo rojo al cuello, canta la eucaristía bajo la dirección de Jesús, que también toca la guitarra. 

Antes de la misa, se celebra la procesión como manda la tradición. Abre Torines la comitiva portando el “lignum crucis”. Detrás va el alto estandarte que, con brazos fuertes, eleva Sinfor; después de un escarceo que se atrevió a hacer este cronista. A continuación van el cura y el pedáneo. Y los que quieren los siguen cual una manifestación. Jose, como buen anfitrión, vigila que todo esté a punto; mientras Yoli, que andará entre potes y cocinas, no para ni un segundo. Unos trabajan generosamente para que los demás gocemos. Cierto es que también hay un par de hombres en las brasas. Entre tanto, Irene, que ha venido de Madrid a ver a sus abuelos, saca fotos y graba vídeos a destajo.

Carlos, que estos días necesita sosiego, no puede salir. Hsiayou no le pierde ojo ni le pierde amor. Pero sus convecinos les llevan paella para que coman algo de la ración común. Compartir ayuda a arrinconar las penas. Queremos y nos dejamos querer. Y entre músicas, voces y cuchipandas discurre el día. Es la celebración de la Santa Cruz en Valhermosa. Es la fiesta del pueblo.

martes, 10 de septiembre de 2024

Celebremos la vida


Valdivielso es siempre un evocador remanso de paz. Las aguas del Ebro bajan mansas hasta Cereceda, aunque yo no me fío de las corrientes en el Aguadero de Condado donde la mocedad refresca sus adolescencias. Los catorce pueblos de la Merindad, todos bonitos, unos más grandes y otros más chicos, se asientan en armonía con los campos, los caminos y las faldas montañosas que protegen el Valle.  Mónica, natural de la capital mundial de la salsa (Cali, Colombia), me vende media panadería de Quintana. Su compañero, Marcos, un gallego de Vilalba, reparte el pan de aldea en aldea. Sabe delicioso, como los pasteles de Íñigo, la afamada confitería de Villarcayo.

Gelito y Amaya, todo fibra, suben caminando desde Hoz a saludar a Marines y a Manolo, el gallego afincado en esta tierra desde hace más de sesenta años. El domingo hubo misa en la ermita de Santa Bárbara. Vino de Burgos a oficiarla el vicario pastoral de la Archidiócesis, José Luis Lastra. Al puñado de vecinos de Valhermosa y Arroyo que asistieron a la eucaristía les dijo que eran “afortunados”. En el funeral del día anterior que se celebró en Población por Jesús y Antonio, cuyas cenizas se depositaron en el cementerio del pueblo, Juanmi, el párroco, reconoció que permanecía el dolor por la ausencia, al tiempo que invitaba a celebrar las nuevas vidas que llegan a las familias.

Los exagerados calores de la sobremesa tumban las almas detrás de las persianas. Las casas se cierran sobre sí mismas como si fuesen refugios de guerra. La siesta y el silencio se apoderan de los cuerpos. Pero a media tarde siempre hay quien se levanta de la cama para ir a la finca. Otros se disponen a salir en busca del paseo y de la fresca, que estos días se hace la remolona hasta la noche. Los días en agosto ya son más cortos. Lo mejor de mis veranos en el Valle de Valdivielso son el encuentro con la familia, la gente y sus singulares biografías. La memoria y la felicidad van juntas.

jueves, 17 de agosto de 2023

El banco de la ermita



Sentado en el banco de la ermita hay un tipo grande de rostro afable. Es Jesús, que vive en Irún, pero “es” nacido en Valhermosa, como dice la gente de aquí. Cuando se jubiló se echó un mes al Camino de Santiago, y tanto le gustó, que repitió. El sol bendice la mañana en la calle de Santa Bárbara. El calor apretará más tarde. Paulino coge el dalle para ir al cementerio y limpiarlo de hierbajos. La necrópolis se reduce a un paramento de nichos, donde se muestra una veintena de nombres propios. Son personas que vivieron muchos años, pero también pocos, como Encarni o Benito. No hay flores para agasajarlos por la escasez de agua. El vivo recuerdo de los vivos mantiene viva su memoria. Todos son familia.

El banco de la ermita es verde y tiene sombra hasta mediodía. El reloj de la casa de enfrente da las horas y las repite. El tiempo se escapa y se detiene. En este espacio del final del pueblo, antes del monte, se improvisan tertulias cada tarde. Marines, Pacita y Mariví son las anfitrionas. Estos días se les unen Gelito y Amaya de Hoz, Marisa de Arroyo o Bego, que acaba de llegar de Santurce. Refresca y las conversaciones se cruzan. Es un habitar alejado del vértigo urbano.

La gama beis ilumina las casas e iglesias del Valle de Valdivielso. La emisora de Jokin, que cada verano organiza “Échale cuento” con múltiples actividades, se cuela en cocinas y salones. En estas fechas hay muchas criaturas menores que susurran como la brisa. Una de ellas es Mayi, dos añines, rubita y ojos como luceros. Los catorce pueblos que atraviesa el Ebro forman un paisaje único, que se abraza con la mirada si bajas desde La Mazorra. La ausencia de nieves y lluvias de los últimos años ha disminuido la producción de esta tierra fértil. ¡Qué ricas saben las vainas de Manolo, “el gallego”!

El hogar de Carlos -otrora de Leandro y Concha-, además de mucho amor, esconde joyas discográficas, libros difíciles de encontrar y guitarras acariciadas por unos dedos larguiruchos que han trenzado miles de acordes. En su morada también hay un piano, que toca Xsiaoyou en los pocos ratos libres, y su hermana Hsiaolieng cuando los visita. “Sayú”, como la llaman aquí -también “La chinita”-, es maestra de tapices, un arte que cultivó con “tenacidad y elegancia propiamente oriental”, según escribió en su día la profesora de pintura Roldán Valiente. “Exhuberancia cálida entre lunas lejanas y mediterráneos cegadores”, tal como afirma Luis de Horna, catedrático de la Universidad de Salamanca. Un pozo de sorpresas y generosidad es esta mujer venida del cielo. Y si de creatividad hablamos, un paseo por el río te descubre las sugerentes esculturas de Carlos Armiño, natural de Tartalés que reside en Cereceda.

Este domingo ha misado un joven cura coreano, Antonio Kim. En la homilía agradeció “el fresquito” del lugar y aplicó la eucaristía por Agustín y Benita, los padres de Sarito y abuelos de Chari. El momento de la paz fue muy afectuoso entre todos. Crescen llevó la voz cantante en “Una espiga dorada por el sol” con que finalizó la celebración. Y todavía visitaron el sencillo camposanto, adonde llevaron el ramo que había traído Yoli días antes. La vida es compartir.

Desde el banco de la ermita, que conserva la inscripción de Caja Ahorros Círculo Católico, se ven las coladas en los tendales, que se secan en un santiamén. Las furgonas de Torines, Jose y David suben y bajan… bajan y suben. La existencia rutinaria es una forma de felicidad. Desde el banco de la ermita, hago memoria de los míos, que ya son demasiados. Desde el banco de la ermita diviso la cumbre de la Tesla. Desde el banco de la ermita.

 


martes, 21 de agosto de 2018

OBITUARIO. Isaac Fernández, sonrisa y bonhomía


Era un tipo tan grande como bueno. Se quedó a las puertas de los 83 años, una celebración de la que solía hacernos partícipes por coincidir con nuestra estancia agosteña en Valhermosa de Valdivielso. El pequeño Daniel alborotaba la casa, cuyo vestíbulo se quedaba escaso para tanta gente, mientras comíamos patatillas y aceitunas. El abuelo Isaac Fernández, de apellido castellano y nombre judío, sonreía a todos mientras la abuela nos invitaba a repetir. Días de alegría, familia y amigos que él disfrutó viendo crecer al nieto. A Isaac lo conocí hace veinte años y ahora lo recuerdo sentado en el tractor, por las fincas, o en el banco bajo el nogal de su casa, paciente, discreto, afable, sin levantar la voz. Pacita, enrabietada con el destino y con el duelo en sus ojos, me habla de las últimas horas de su marido, de la conciencia que tenía de estar iniciando el tránsito, de sus últimos besos y de su última voluntad, que no fue otra que la de su modo de andar por la vida: sin molestar.

Valdivielso, la tierra que mi padre no llegó a pisar, ya me va dejando muescas dolorosas en la vara de caminar. Vicentín, el de Hoz, con el que subí a la ermita de la Virgen de Pilas desde Quecedo; hoy lo hago con su hijo Gelito y familia. La entrañable Cecilia, que tenía una “correa” envidiable con la ayuda de su cachava, como aquella vez que fuimos un montón de vecinos a Sedano. Los achuchones que me daba se los devuelvo ahora a su hija Trini. Manolo, más conocido por “Bis”, que hoy está enterrado en su Galicia natal. La buena de Encarni, con la que caminé unos pocos años, siempre acompañada de su marido, Josema, impenitente senderista. Joaquín, hombre culto y singular, que escuchaba la radio hasta la madrugada y la oíamos también en las casas colindantes. La enérgica Gelita, a la que ya conocí combatiendo el bicho. En este tiempo tan largo como breve nos dejaron también Sabina, Mercedes, Rafael, Juan… y otras almas del valle. ¡Cuántas vidas y personas añoradas!

Al cruzar el Ebro por Puentearenas y divisar la iglesia románica de Tejada el reloj se detiene, aunque los coches siguen circulando a velocidades imprudentes. Los chopos y el olor fresco del río reconfortan y abren la memoria de las ausencias. En ese preciso instante quisiera convertirme en un roble del camino. O en los perfumados rosales que Isaac plantó hace años frente a la puerta de casa.

domingo, 7 de mayo de 2017

La Coronilla de Valdivielso

Los pies flotan por las verdes alfombras de la cumbre y, así, elevados los caminantes, quedan a la altura de los ojos los montes Obarenes. El día es tan limpio que la panorámica de 360 grados se convierte en un descanso visual y cervical. En el buzón del peñasco más alto, cual nido de gorrión, no hay cartas, pero en la puertecita indica que estamos a 1.172 metros de altitud. El viento alborota el pelo de Pilarín, aunque la autofoto a cuatro no se resiente. Los dioses nos acompañan y nadie quiere abandonar el paraíso de La Coronilla, desde donde se divisa hasta la blancura del Alto Campóo, en la montaña palentina, donde el silencio se reencuentra con el hombre.

El aire de este primero de mayo hedonista, que no sindicalista, refresca la piel de los senderistas. Con pan y vino se hace el camino, refrán que practican los Pacos, sentados ahora hacia el páramo sur. El peregrino compostelano también mira a los extendidos y tupidos mantos verdes, escudriñando los caminos que desde el escondido Ebro serpean hasta el cordal. Al otro lado está el otro valle, el de Caderechas, donde mucho presumen de cerezas y manzanas, como si no las hubiese en Valdivielso.

Nadie quiere bajar, pero el tiempo y la felicidad no se pueden retener, ¿o sí? El boj y las encinas ciñen nuestro descenso hasta los pinos resineros, la fuente labrada y el cruce de los Tejos, los centenarios árboles cuya visita queda para el verano. La senda de vuelta a Panizares es ancha y aparece socavada por raíles hechos no por las máquinas del tren, pero que lo recuerdan como otro medio de viaje soñador. Los cuchillos de Panizares abruman igual que el castillo de la Bestia, cual roquedo de cuento, pero en realidad son tan hermosos como Bella. Es la hora del vermú y la Fragua de Fran, que no la de Vulcano, está abarrotada de acólitos.


En nuestras mochilas llevamos hoy con nosotros el recuerdo de Sabina, tras abrazar a Torines en Valhermosa antes de iniciar esta jornada extraordinaria de naturaleza y amistad. Es el bagaje que nos llevamos a casa.

viernes, 26 de agosto de 2016

La bandera de Los Hocinos



Puente Arenas es un pueblo largo, proporcionado y pegado al Ebro, cuyas aguas anchean río arriba. Por la senda marcada hasta el puente nuevo, que ya tiene un montón de años, discurre un agradable paseo con sorpresas. Tras una suave pendiente se otea el desfiladero de Los Hocinos. El cauce es su calle natural desde donde se elevan los rocosos y verdes rascacielos, por cuyas cumbres planean los buitres. Un rectilíneo salto de agua cruza hasta la antigua cárcel donde encerraron y represaliaron a tantas personas del Valle de Valdivielso. Hoy se sigue investigando sobre su calvario y destino, siempre en la memoria de sus seres queridos.
Más adelante, al pie del río, se abre un remanso de paz con una extensa lámina de agua, sobre la que suspiran chopos tan altos como el telón pétreo que recoge este lugar con encanto. Al llegar a la carretera cruzamos a la margen derecha dispuestos a emprender la subida hasta la bandera. Serán unos dos o tres quilómetros por un camino bien señalizado, estimulante a medida que vas ganando altura, pero pedregoso hasta la mitad del itinerario previsto. Encinas, robles, bojes nos dan buena sombra a media mañana. También descubrimos madroños, tundras y jerbos. 
A pocos metros del objetivo nos sonríe la suerte al topar con Julio, que nos cuenta que ha sujetado la enseña con un mástil de seis metros reforzado con tres vientos. También nos informa de que cuando terminemos de subir hallaremos una bolsa blanca colgada de una rama, y un poco antes deberemos coger hacia la derecha, en vez de seguir las marcas del sendero. Mi compañero, Gelito, busca y rebusca entre los frondosos arbustos hasta que da con la roja y gualda al aire. Sobre nuestras cabezas circundan los gigantescos bichos que me afano en capturar con mi móvil. A nuestras espaldas queda el sur y a nuestras vistas, una panorámica abismal.

A la derecha, los pueblos de valle arriba; a la izquierda, las fincas y caminos a Manzanedo y Villarcayo. Hacia abajo, el vértigo. La brisa es suave y el sol no aprieta. La belleza del territorio siempre está ahí, pero los pueblos los hacemos las personas. Esa es nuestra patria.






domingo, 7 de agosto de 2016

El trío El Dorado triunfa en Valhermosa

El trío El Dorado, con Felipe de Población, exhibió su repertorio hispanoamericano tradicional en la plaza de Santa Bárbara de Valhermosa. El numeroso público del Valle ovacionó al grupo de guitarristas que agradó con sus canciones. 

lunes, 17 de noviembre de 2014

A Oña en romería

Los tres túneles, viniendo del valle de Valdivielso, anuncian la entrada en Oña. Es un pueblo incrustado en los montes que entrañan el desfiladero de Oca. Repostar en la gasolinera de la carretera es casi obligado en este cruce de caminos. Mañana fría de noviembre, aunque dicen que esto no es nada. Siempre regreso a esta villa desde que descubrí el gótico flamígero del claustro de San Salvador. Pero hoy mi extemporánea visita me regala un cenobio distinto. Ya la piedra del pórtico exterior me parece que está más apretada, como cerrando sus poros para protegerse. La feliz sorpresa fue toparme con una iglesia mucho más luminosa, gracias a los cien mil euros de la Fundación Endesa, y audioguías con ocho locuciones concisas en castellano, inglés y francés, idiomas que se ampliarán hacia el verano con euskera y alemán. Y por si fuese poco, un voluntario cultural, Antonio, ayuda al párroco, Cecilio, a que la abadía esté abierta al turismo de lunes a domingo. Se acabaron las restricciones. Son padre e hijo y la sonrisa franca y entusiasmo por el templo los une aún más. Vestido ya con la casulla y otras galas, Cecilio se dispone a cristianar a una niña justo enfrente de la recepción de visitantes, pero aun así tiene tiempo para hablar con orgullo del fabriquero emérito de la catedral de Burgos, Agustín Lázaro, como principal divulgador en su día del tesoro de Oña.

Me detengo a imaginar la música que sale por los 1.133 tubos del órgano, me siento en uno de los 84 sitiales de nogal a contemplar la bóveda octogonal, me acerco a los panteones real y condal mientras repaso la historia de doña Urraca, cruzo el arco de triunfo y rodeo el tabernáculo antes de dirigirme a la sala capitular, cuyos restos románicos hablan de los orígenes de la fábrica, y por fin, el éxtasis del patio con una soberbia panda norte, prodigio del arte funerario.

Al salir del monumento ya pienso en volver, cuando los onienses se vistan de medievo para representar su famoso Cronicón y redimir las glorias y raíces castellanoviejas. Días después releo en mi Compostela natal la cantiga que le dedicó Alfonso X el Sabio, que narra en gallego –lengua poética de aquel tiempo–, cuando el rey fue a Oña “en romería” tras escuchar un milagro de la advocación local de Santa María. Solo falta el sonido del laúd.


  

miércoles, 27 de agosto de 2014

Vacaciones en Valdivielso


El Valle de Valdivielso no deja de sorprenderme. Es única esa enorme concavidad que se extiende y divisa desde el Alto de la Mazorra hasta los "cuchillos" de Panizares, cual castillo de rocas puntiagudas que esconden los tejos milenarios. Óscar, un solitario caminante con aire de deportista, no fue capaz de encontrar los famosos árboles la otra tarde. Isidoro, paisano del último pueblo, se afanaba en explicarle la ruta para otro día. Entablamos una pequeña conversación a pesar del cansancio, si bien yo solo había caminado un rato desde Hoz, cuya senda se inicia con una prolongada subida para casi llanear por un frondoso bosque de robles y pinos. Luego sales a las anchas pistas de la concentración parcelaria, que parecen conducirte al imaginario foso de la fortaleza. Al alzar la mirada sufren las cervicales, pero hundes los ojos en el cielo de las cumbres picudas, que huyen hacia Dios como las agujas de las torres de la catedral burgalesa.

Al caer la luz, escucho las notas roncas de un instrumento de viento, que al acercarme se convierten en escalas hacia el agudo. Adivino que es un saxo, un saxo tenor afinado en si bemol, según me advierte César, que con afán ensaya figuras de jazz en el pórtico de la iglesia. La alfombra de las montañas de enfrente se oscurece sobre el Ebro, que baja alto hacia la presa de la vecina Cereceda. El aire cambia y me refresca la cara. El paisaje se vuelve inédito, como si se borrase de la faz cada anochecer, para volver a nacer con el alba.

Otro día descubrí los montes que escapan a Tartalés de Cilla. Aquella mañana, guiado por mi amigo Gelito, subimos a Puerta, un extraordinario cambio de rasante de la sierra de La Tesla. Llegando a las alturas advertimos que se habían  desprendido unos peñascos por la ladera, pero al girarnos lo que observamos fue una espectacular panorámica. Unos pasos más arriba vimos una colonia de buitres, cuyos ejemplares planeadores jamás había sentido tan cerca, tanto que me sobrecogí no sé si de temor o emoción.

En agosto ciruelas y pavías saben a miel o se caen de maduras de los frutales. Este julio también hubo abundancia de cerezas y con septiembre llegarán las manzanas. Cereales y hortalizas se siembran y cosechan por las fincas a uno y otro lado del río. Hombres y mujeres, muchos ya añosos, se afanan a la esclava tarea. Niños y mozos alborotan por los pueblos, muchos con bici y todos con twitter y whatsapp. Menos mal que nos queda "Échale cuento", ese programa de actividades tradicionales que organiza cada verano Radio Valdivielso. Mientras Jokin Garmilla corre con la grabadora para recoger el bullicio, las canciones y el aliento, su voz se propaga por los árboles del valle y entra en casas, coches y chiringuitos. Todo es un soplo de vida.

viernes, 17 de agosto de 2012

La romería de la Virgen de Pilas, devocion y paisaje

El cielo amenazaba lluvia. Un cincuenta por ciento hasta las doce, según la web de Maldonado, dijo Amaya. Y sobre las once llegó al cien en forma de media docena de goterones que, sin embargo, obligaron a usar capuchas y paraguas. El nublao, palabra que aprendí de Paulino, apenas descargó sobre la falda del monte de Quecedo, y tampoco impidió descubrir a los caminantes unas espléndidas panorámicas del Valle de Valdivielso y los pronunciados escarpados y telones forestales al frente. Los oscuros verdes de los altos se suavizan al principio de la falda, se vuelven amarillos por las fincas de cereales a ambas márgenes del Ebro bebé y los pueblos emergen a los ojos entre disimulados y recortados. El castillo de Toba delante, la torre de Quintana bajo La Mazorra a la derecha y, a los pies, la adorable ermita de San Pedro de Tejada, preñada de historia, sencilla y majestuosa, tan bonita y tan románica... El sol poniente del verano la atraviesa hasta el ábside con sus múltiples haces de luz trabando el tiempo y el espacio.

La senda es empinada, pedregosa y estrecha, siempre con una encina a tu lado, aunque a veces se abre una pista de tierra ancha, al tiempo que aparecen atajos y caminos alternativos. Hoy, quince de agosto de 2012, se celebra la romería de Nuestra Señora de Pilas, a cuya ermita en la vaguada de la sierra de La Tesla acuden decenas de devotos, excursionistas y curiosos, unos a pie y otros en coche. Vicentín, el de Hoz, subió en familia, a sus 77 años, solo ayudado de su cachava. Al inicio de la ruta, el indicador marca 2,8 km hasta la Virgen, y por ella topamos con varios grupos familiares y de amigos gozando del monte en un claro ambiente festivo. La ausencia de sol y calor convertían la mañana en ideal para andar. Hora y media a ritmo moderado hasta el destino.

La pequeña iglesia, de una sola nave, precisa restauración por dentro y fuera; algo en lo que se afanan los vecinos de Quecedo y Puentearenas, ambos pueblos al cargo de la ermita y de mantener esta tradicional Asunción. Así me lo cuentan con entusiasmo Carmina, Juan y María Jesús, a los que no les gusta que un grupito se haya puesto a comer el bocata en su interior, cómodamente sentados en los bancos delanteros de la izquierda. Entre tanto, continúan los preparativos para la procesión y eucaristía progamadas para la una de la tarde. El bullicio se extiende a la sacristía, detrás del altar, y a la entrada, donde venden estampitas y llaveros con la imagen de la advocación anfitriona. Cada vez llega más gente que entra y sale, hace fotos y rodea el templo, cuya traza se dispone en el cristiano sentido Este-Oeste. El muro norte posee contrafuertes y lo cierto es que, más allá de consideraciones constructivas, buena falta le hará porque el viento tira con fuerza de abajo arriba.



Antes de subir unos cuantos metros más hasta el alto, vecinos de Valhermosa comentaban que en otro tiempo venían con yeguas y nieve. Alfombras de brezo, rico alimento de las abejas, se muestran sobre la suave ladera que nos lleva a la cumbre. El premio es contemplar Villacaryo y Medina en un mapa inabarcable, donde Gelito señala un par de fincas en el pueblo de su madre, Barruelo. A estas alturas Eolo es el protagonista invisible y el comentario entre los adultos, la ausencia de molinillos. De vuelta a la ermita, coincidimos con la procesión, que encabeza la pequeña talla de la Virgen, seguida por el párroco de la Merindad, Julián, y el pueblo. Y tras el rodeo a la capilla, la misa. De tanto mirar tierra y cielo perdimos las referencias de la senda que, aunque bien señalizada, no vendría mal que aquí en el altollano hubiese más y con estacas más elevadas. Hacia levante vemos la media luna, que así bautizaron los lugareños, incrustada en la cresta de las montañas. El paisaje te envuelve en 360 grados.

sábado, 15 de octubre de 2011

Por la torca y desfiladero de Arroyo

Este verano me quedó pendiente al menos un artículo en este pobre blog. Pero como el auténtico agosto ha llegado en octubre me pongo a la faena sobre mis notas amarillas. La mañana de aquel día 12 era soleada como la de hoy en Santiago y en el Valle. Allá fuimos Paulino y Mariví, la Vita y el menda. Salimos Valhermosa arriba por el nuevo camino de la concentración parcelaria, con idea de dar un paseo mañanero, que acabó convirtiéndose en una caminata con obstáculos. Al rato cogimos el camino viejo de Arroyo, mucho más sabroso, angosto y asombrado. Las moscas están insoportables. El terreno se complica al bordear la peña de Arroyo, por el camino de Picote, dice Paulino, el vecino que más sabe de estos lares. Se complica hasta el punto de que, entre las quejas lastimeras de la Vita, tenemos que ayudarnos unos a otros. Pareciera que no vamos a poder continuar, pero yo tiro y tiro hacia la torca, donde al fin topamos unas piedras por donde vadear el arroyo; aunque justo al cruzarlo nos vemos obligados a separar una alambrada que cierra la finca de San Román, que hoy tiene cerezos, manzanos y perales. Al bajar al pueblo nos encontraríamos a su dueño, Jesús, arreglando un tractor magnífico que había comprado de segunda mano. Cuando le contamos la peripecia nos contó que hace años había sembrado allí un huerto muy goloso para cierto vecino amigo de lo ajeno. Jesús es un hombre grande, afable y al que le arregló la casa Manolo, el gallego, como a muchos vecinos viejos y nuevos del pueblo.


Tras descansar un ratín empezamos a subir y subir. Un rapaz no quiere lavarse en la acequia, pero su abuela lo convence, y claro, ahora le gusta y quiere meter la cabeza una y otra vez. Es verano, hace calor y la vida pasa como el agua fresca que baja de la Tesla. Las mujeres se quedan atrás y Paulino, que es un caballero, las espera. Necesito subir y subir, fatigarme y sentir que tengo piernas y corazón. Me espera el desfiladero, la piedra me empareda, el cielo se escapa y entonces descubro la torre isósceles, tan empinada que al mirarla me voy hacia atrás... El agua suena por todas partes, las capas rocosas parecen proteger al caminante inquieto, quien cruza el desfiladero tal cual entrase Alí Babá en su cueva. Respira profundamente y se descalza para refrescar los pies, con sus uñas negras tras haber hecho el Camino de Santiago a Fisterra en primavera. Pero hoy está en su castillo de verano, solo, feliz, y respirando este aire castellano que tanto le gusta. Sentado y descansado mira al cielo y otea una colonia de buitres. Ahora se siente acompañado. 

viernes, 20 de agosto de 2010

Voces de Valdivielso

El Valle de Valdivielso es verde. Verde intenso el de los ciruelos y cerezos. Verde oscuro el de los robles y encinas. Verdes salpicados por los suaves dorados de los cereales, y contrastados por las marrones tierras de la siembra.
Al cruzar el Ebro por Puentearenas, los chopos te reciben con una fragancia que te ensancha los pulmones y te orea la cabeza. Erguida y sobresaliente dice hola la ermita románica de Tejada. 
Las voces de los hombres anuncian que el chiringuito de Arroyo está abierto. Por encima de todos alguien dice no empecemos a “amochar", que significa ir a por el contrario. Las paredes están decoradas con óleos de los pueblos pintados por Milita. Es un bar donde los agricultores muestran sus piezas de exposición: tomates, calabacines, cebollas, patatas... Orgullo de labrar y regar la tierra.
Es un año de cosecha tardía. Los árboles están preñados de fruta. En Valhermosa las ciruelas vencieron una rama sobre la calle que sube a la ermita de Santa Bárbara. Los nubarrones, sin embargo, no vierten.
Al atardecer se escuchan las voces de las mujeres por los caminos; la gran mayoría pasean, otras aprietan la zancada. En el sur del Cercao un bebé de tres años conserva magníficos racimos de cerezas negras, y dulces como una mamá. 
Ruta el viento de la sierra de la Tesla. Es otra voz que acompaña al caminante, como la voz radiofónica de Jokin, que desde Quintana, en valle arriba, ondea hasta Panizares, en valle abajo. 
Las voces de los niños, gritonas y con acentos distintos en agosto, auguran el futuro de Valdivielso. 

miércoles, 19 de agosto de 2009

Un paseo con el corazón: de Valhermosa a Tartalés de los Montes

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El sol está alto, son las once y los caminantes, tres. Se echan a andar por el pontón reconstruido en estos años, aunque medio invadido de zarzas. Abajo, junto al nogal que plantaron en agosto pasado las mujeres del valle, se ve el nuevo parque infantil que han hecho este año. Los nichos del camposanto miran al sol y a la pared de la espadaña de la iglesia de Valhermosa. Quién sabe si algún día no se caerá sobre Heraclio Palencia, Paulino Bueno y demás vecinos, en cuyas lápidas se puede leer la historia de este pueblo. Hace tiempo que no coinciden los tres andarines, así que la mañana promete. Van por el camino primitivo a Hoz, que más pronto que tarde sale a la carretera. Las tierras de valle abajo se acuestan, extendidas, sobre el río Ebro, todavía bebé. Este año se ven campos enormes de girasoles, como por las zonas vecinas: La Bureba, La Mazorra, Villarcayo. Antes de subir saludan a Damián, que se afana en regar su huerto. Las peñas verticales ciñen el desfiladero de película. Chema, que se ha dejado barba y esconde la mirada tras unas gafas negras, recuerda en voz alta que hace treinta y nueve años que viene a Valdivielso. De aquí era Encarni, la madre de sus hijos. Ella también sube en el corazón de los tres amigos. Una de las hoces próximas al túnel tiene el murete exterior derruido desde hace años. También la calzada, cuanto más subes, más baches; igual que la carretera que entra en El Almiñé, valle arriba. Ya bajo el paso subterráneo, de escasos veinte metros, el firme se borra. Pero Manuel sube feliz, por la compañía, por lo que ve en todas direcciones y por lo que mete en su cámara compacta. Paulino señala que esta carretera tendrá cincuenta y cinco años. Tartalés es hoy un pueblo feo. Sin embargo, en el pasado tuvo que ser bonito y equilibrado como los hermanos que beben en el Ebro. Ese pasado no tan lejano en que no había platos soperos y rastrillos en cornisas y tejados, ni tampoco somieres atrancando las calles, aunque al parecer es para evitar que las vacas pasen. Vacas y ovejas son la ganadería que pervive en el valle, pero solo en Tartalés y Quintana. En lo más alto del pueblo está la belleza, su iglesia románica, que bajo su espadaña luce una ventana con arcos arabescos, quizá huellas mozárabes. De los tres, Paulino, que es el único nacido en el valle, cuenta dos episodios a ambos lados del túnel. En cierta ocasión un nublao tiró el muro de contención del arroyo encauzado, con lo que los vecinos pidieron ayuda a los otros pueblos; y él, por indicación de su padre, formó parte de la cuadrilla que puso las piedras en su sitio. Y en otro tiempo, un burro se despeñó desde el camino viejo a su paso por la cascada y la roca horadada, que al parecer no murió. Los recuerdos vividos, oídos y sentidos refrescan el alma de los andariegos. Manuel también se refresca los pies en el lavadero que hay al pie de la subida, ya de bajada. ¡Pies: ¿para qué os quiero?! Para caminar siempre juntos.

domingo, 9 de agosto de 2009

A los tejos de Panizares por la Peñaescalera


Created with Admarket's flickrSLiDR. (08.08.09) El día no acompañó, pero se aprovechó. Niños, papás y abuelos nutrían una cuarentena de senderistas. Para muchos era la primera vez que subían a ver los tejos que dicen de Panizares, aunque del pueblo bien lejos están. Patricio, que se atribuyó noventa veces, no sé si bien contadas, guió la excitante excursión. Tras cruzar el pueblo, que esconde placas de hormigón a la vista, así como algún coche, electrodoméstico y maquinaria oxidada en estado de abandono, iniciamos la senda que nos llevaría a la Peñaescalera, donde posamos para unas fotos de teleobjetivo. Qué vistas magníficas del río, la presa y Cereceda, que ya no pertenece a las Merindades. Estábamos subiendo por la cara sur de los montes de Tartalés, según dijo una voz del grupo que marchaba en fila desde las ocho y veinte de la mañana. Un niño resbala y su padre le recrimina: -Van a pensar que no eres de pueblo. -¡Pues las de pueblo nos llevamos unas hostias...! -arguye desde atrás una muchacha de pelo rojo natural y esbelta como un chopo que se llama María. Árboles y arbustos hay para cien lecciones. Y diría que pinos, para dar y tomar, porque el itinerario está lleno de piñas, algunas sabrosamente roídas y comidas por las ardillas. Las nubes y la niebla apenas mudaron mientras crecía la mañana. En algún tramo chispeó y hasta el frío se hizo notar. Alguien comentó que la tierra que pisábamos debía ser muy buena para las camelias por su acidez. A casa nos trajimos un par de muestras de carbón vegetal. Aún no serían las once cuando salimos al llano, cubierto por mantos de grandes helechos a ambos lados del camino ancho. Los perros, Ros y Luna, circulan sin descanso p'alante y p'atrás. Llegamos al pilón vallado, pero franqueable, al tiempo que Alicia exclama a ver quién es el guapo que se baña en pelotas. El guiador solo nos deja comer una fruta, porque queda el último tramo con una subida de taquicardia. El monte se empina y el suelo, de tierra y piedras, se hace muy resbaladizo. Lo cojonudo, si se me permite el calificativo, es que después de subir bastante hay que descender hasta llegar a los bimilenarios, dicen, tejos. Y claro, bajar resulta peor que subir, sobre todo si no tienes botas o zapatos apropiados. Y vaya troncos: el número 2 tiene 117 cm de diámetro, según reza su plaquita metálica con que los han numerado recientemente. Extienden sus raíces, en superficie, cuales pulpos gigantes. Es una zona umbría donde los tejos se arriman a tilos e incluso hayas. Entre tanto y entre fotos sin flash, Patricio se afana en buscar la cola de la novia, bautizada así por él y otros por la semejanza de sus raíces con la susodicha. Ahora Javi, que parece actuar como su segundo, saca del bolsillo unas piedrinas de las que dice que son del Neolítico, al tiempo que nos muestra madroños y árboles de boj, y dice que un artesano de la vecina Bureba hace cucharas de esa madera. El asueto y el condumio siguieron al esfuerzo no pequeño de bajar a los tejos y volver a remontar. Fue en ese momento cuando Jokin llamó desde Radio Valdivielso para reportajear en directo las impresiones de algunos, entre ellos, Pilarín, que se arrancó con un canto popular para solaz de los oyentes, los de su lado y los hercianos. Siempre hay a tu lado alguien como ella que va más alla que tú. La buena señora de Arroyo, con más de setenta años encima, fue un ejemplo para grandes y pequeños. Tras decidir con buen criterio que no subiríamos a la coronilla, desde donde se divisan los montes de La Rioja en días claros, iniciamos el regreso. Las pantorrillas y las uñas del dedo gordo tiran de lo lindo durante la bajada, ahora por la pista forestal. Pasadas las dos de la tarde llegamos cansados, sudados y contentos. En el cielo, tres buitres nos reciben. P.D. En 10 días subiré las fotos

Subida a La Hoz por la calzada romana desde El Almiñé


Created with Admarket's flickrSLiDR. (06.08.08) Adelantamos la caminata porque la tarde amenazaba tormenta. Frío sí que hacía aunque finalmente no descargó. Arriba, en el páramo, las nubes se tocan con la mano. Me sorprendió el volumen de la ermita, aumentado más aún por los edificios adyacentes, sobre todo para guardar ganado. Piedras grandes de sal hay esparcidas por las inmediaciones, por lo visto para que las ovejas las chupen, necesidad que tienen, según explica Paulino. Nosotros sí que nos chupamos los dedos con las torrijas de Mariví. Los bocadillos nos los trajo Vita, que subió con el coche a buscarnos. Sus rodillas ya no estás para estos trotes. Desde el final de El Almiñé nos echamos al monte por la calzada romana. Bien conservada está y ancha es, con su mediana y sus cortes transversales para sacar el agua. Muy pino el remonte, donde abundan las encinas al principio. A mitad camino la montaña rocosa abre su barriga para enseñar un corral de piedra derruido. Más arriba, donde la vía se va haciendo murallón por la izquierda para salvar el pronunciado desnivel, nos sentamos un rato y bebemos agua, cuando baja un grupito de caminantes. Las cagarrutas están por toda la ruta, llamada de la lana porque por aquí pasaban los arrieros de Castilla la Vieja camino del Cantábrico, que completamos en hora y cuarto. La niña es la primera en llegar. Y la mina de agua, un hallazgo. Una romería se celebra cada primer sábado de julio.

jueves, 30 de julio de 2009

Por el río Ebro: de Valhermosa a Cereceda

Created with Admarket's flickrSLiDR. Es un paseo muy agradable y cómodo. Salimos del puente nuevo de Condado por la margen derecha del río. Pasas por la fuente de Sagredo. Descubres zonas anchas del cauce con construcciones ruinosas en la otra orilla. Antes de llegar al siguiente puente, se ven los cuchillos (cumbres rocosas) de Panizares. En verano vas entre sol y sombra la mayor parte del camino, como nosotros el 14 de agosto de 2008, día al que corresponde el carrusel de fotos.

sábado, 18 de julio de 2009

Actividades de verano en el Valle, organizadas por Radio Valdivielso

El verano y las vacaciones ya están aquí. Aunque en Galicia el tiempo no es de playa, en el Valle de Valdivielso se pueden hacer mil cosas. Y una vez más, Jokin y sus amigos han organizado un cartel de actividades para los chavales; algo que no tiene precio, porque es impagable. En agosto del año pasado pude vivir la sesión con Pedro Barcina en la iglesia del Almiñé. La dulzaina y el tambor sonaban tan fuertes, que llenaban hasta arriba el templo abarrotado de chavales. Entusiasmados todos con las explicaciones y anécdotas de Pedro, nadie adivinó, ni él mismo, que su lección magistral sería la última. Pero sus estridentes corcheas sí lo sabían, saltando inquietas desde el pentagrama para besarnos a cada uno y a cada una. Un beso de despedida que guardamos para siempre y hoy retumba en nuestro corazón. Así que es una alegría grande ver el programa de este verano, con excursiones, músicas y otros cuentos. La vida al aire libre, al lado de un Ebro bebé, el trigo verde y los campos marrones de patatas, los caminos arcillosos y los cuchillos rocosos, las ciruelas y los tomates, San Pedro de Tejada y nuestra ermita de Santa Bárbara... Y esto no es un cuento.

lunes, 27 de abril de 2009

La Catedral de Santiago: claustro y campanas antiguas

Created with Admarket's flickrSLiDR. El día está luminoso. Algún turista ha pagado por ver las entrañas de la catedral de Santiago, sede de la tumba del Apóstol Santiago el Mayor y santuario de peregrinación. El año próximo 2010 es año jubilar compostelano, por caer el 25 de julio en domingo, algo que no se repetirá hasta 2021. Es una delicia contemplar el vientre de la basílica. Así que os dedico unas imágenes poco conocidas.